Camino a la ermita de San Quirico, en el valle de Salazar (Navarra)

Desde lo alto, una vez allí, en esta ermita construída durante la segunda mitad del siglo XIX, las vistas sobre la sierra de Leire, la foz de Arbayun y el valle del Romanzado son preciosas, espectaculares. Y no son simples palabras. Realmente, impresionan. Antes, en cualquier caso, hay que seguir un buen trecho de subida. El camino más habitual es desde Bigüezal pero también se puede hacer desde la piscina fluvial de Navascués, a un kilómetro de este pueblo y desde donde también empieza el camino que lleva a la Foz de Benasa, declarada Reserva Natural.

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El camino que lleva a San Quirico se coge por la pista que discurre a la derecha de la piscina, desde el mismo lado donde se aparcan los coches. La pista sube durante unos veinte minutos hasta que se llega a una pequeña estaca de madera, que queda en uno de sus giros (giro a la izquierda aunque la indicación queda a la derecha de la pista). Hasta ahí la pista no tiene mucho secreto, de tierra y piedras, no guarda demasiado encanto. Las cosas cambian, no obstante, cuando se coge la indicación de madera. Desde allí empieza el sendero que lleva hasta arriba y que no es demasiado difícil de seguir. Cuando no hay las marcas de madera, hay montículos de piedras que señalan la dirección. La vegetación se densifica, casi haciendo desaparecer el cielo entre ramas y hojas, en un recorrido que durante buena parte del camino sube. Y, por momentos, sube bastante. Es algo exigente a nivel físico pero con paciencia (y si hace falta, alguna parada), es accesible para todo el mundo.

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Arriba, ya prácticamente muy cerca de la ermita, el camino se allana. El problema es que casi no se ve hasta estar encima. La ermita surge de entre la vegetación en un claro diáfano, con unas panorámicas fantásticas. A última hora de la tarde, el sol viene de cara  dibujando entre la bruma con trazos finos aunque imprecisos el horizonte. La ermita está cerrada, no se puede visitar por dentro, si bien abre durante la romería que comienza a mediados de junio y que se hace entre buenos augurios para la temporada siguiente. Sobre la puerta de entrada pone una fecha: “1868”. De piedra blanca, es austera aunque con algo de encanto: el de las cosas sólidas hechas para durar.

Está claro que la ermita en sí no es la razón de esta excursión, aunque suma tener un destino. Y más si es en un paraje bien situado, donde la vista puede explayarse con calma. Lo bonito e interesante, como es obvio, es sobre todo el sendero: de altos árboles, robles, hayas, pinos, luces que se cuelan entre las hojas, algunos troncos -potentes, vencidos- reposando sobre el suelo… Todo el recorrido se hace en unas tres horas. Hora y media, más o menos de ida y lo mismo -igual algo menos por ser de bajada-, a la vuelta.

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Por cierto, para aquellos interesados por la historia y la evolución de la humanidad, hay varios puntos durante este camino con señalizaciones hacia el dolmen de Faulo: prehistórico, de uso funerario y con la cámara sepulcral -según leo-, en buen estado.

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