Visita a Pamplona, en un verano muy extraño

Llevamos ya unos meses muy complicados, sumidos en una realidad que parece sacada de una película de ciencia-ficción, e incluso desde hace tiempo fronteriza ya con el género del miedo. Si hace un tiempo nos hubieran dicho que sería normal en pleno mes de agosto ver a gente con mascarilla por la calle, le habríamos dicho si se había tomado algo o perdido la cabeza. La realidad, no obstante, es que es así e, incluso, nos hemos acostumbrado ante dicha circunstancia. No solo eso, sino que si vemos a alguien sin ella, ponemos mala cara. Sin pensarlo, lo juzgamos como alguien imprudente y poco solidario con los demás.

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En este contexto hay algunos puntos del país particularmente delicados por su situación y por el riesgo, ya muy próximo, real, y palpable, de una segunda oleada de la pandemia por covid-19. Un segundo embite que, de producirse, puede tener durísimas consecuencias para la economía. Y será entonces, verdaderamente, cuando las cosas se pueden poner muy difíciles exigiendo de los máximos líderes políticos, sociales y económicos un compromiso absoluto con la salud de todos.

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En Pamplona, preciosa ciudad, con temperaturas altas para las fechas y para su ubicación, cerca de Francia y también de la influencia de los Pirineos, el escenario es confuso. Es uno de los lugares del país con unas cifras más serias, aunque lejos de focos como Barcelona o Madrid. En cualquier caso, es uno de los puntos que más preocupa. Los Sanfermines no se celebraron pero la inconsciencia de algunos, dejó imágenes preocupantes -como también en muchos otros lugares-. ¿Qué habría escrito un grande de las letras muy vinculado a la ciudad como fue Ernest Hemingway, habitual de sus bares y cafés durante muchos veranos a mediados del siglo pasado?

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Tomarse unos pinchos, costumbre, tradición en la ciudad y del norte -agradable costumbre, por cierto-, es algo distinto a lo habitual en estas circunstancias. Dentro de los locales, poca gente; fuera, todas las mesas llenas y gente manteniendo la distancia social, esperando turno para degustar en calma algunas de sus delicias. Al baño, de uno en uno, sin distinción de género. E, hidroalcohol, omnipresente. De entre lo que comimos, algunos pinchos de fantasía. Y ricos. Nos encantó, sobre todo, uno, con trozos de trufa, setas… Otro, con una cubierta de patatas fritas… Imaginación y gusto al poder.

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En el casco viejo, colas delante de panaderías, fruterías… Comportamiento cordial, respetuoso. Pero, no por ello, extraño. En las últimas semanas los números de contagios crecen y España empieza a encabezar ránkings negativos a nivel mundial. Y todo, ante el reto que supone la vuelta este septiembre de muchos niños, presencial, a los colegios. Y también el retorno, tras las vacaciones, de muchos trabajadores a sus puestos tras dejar los ERTE’s o teletrabajar. Transportes púbicos con más afluencia y mayor densidad en muchos espacios cerrados. Verano extraño pero, más o menos, verano al fin y al cabo.

 

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